viernes, 10 de junio de 2011

Cuarta dimensión

En mi apartamento de un poco más de cuarenta metros cuadrados se han desaparecido las tijeras, el cuchillo de la cocina, una caja de madera y recientemente las llaves. Se tejen varias teorías al respecto. Algunos se arriesgan a decir que tal apartamento no existe y que en realidad sigo viviendo  con mi madre, y que así será para siempre. Quienes han estado allí afirman que los objetos perdidos, o el lugar, no son más que representaciones de eventos particulares, y parte de un episodio psicótico producido por alguno de dichos eventos.
Yo puedo decir a mi favor que ya no le doy mi dirección a nadie, porque temo que si me visitan vayan a robarme.

martes, 7 de junio de 2011

Amor

Me he acostumbrado tanto a sus mentiras, que a pesar de saberlo en otro lugar me digo "está en una reunión", "tiene mucho trabajo", "su vuelo se retrasó".
Cuando llega a casa, mientras me abraza, escucha todo lo que tengo que decir, y me llama Amor.

domingo, 5 de junio de 2011

El portero de Reinaldo Arenas

La primera vez que tuve ese libro en mis manos fue en la librería Barnes & Nobles cerca de Union Square; en Manhattan, no lo compré por mi absurda manía de conservar el dinero hasta el último momento de los viajes en caso de surgir  un imprevisto. Leí las primeras cincuenta páginas mientras mi hijo recorría todos los pisos de la librería en busca de libros bélicos. Me prometí que regresaría por este si no sufriamos ningún accidente en los días siguientes. Cuando estuve de vuelta en mi casa lamenté no haberlo comprado desde que lo vi, ya que no hubo tiempo de regresar a buscarlo. Un par de años después conseguí que alguien me lo trajera de París, más exactamente de  la Shakespeare and Company en la Rue Bucherie; cuando iba en la página 51 lo olvidé en la sala de espera de un consultorio, al regresar a buscarlo, hace rato había desaparecido, intenté recuperarlo haciendo mi primera compra por internet; consigné el dinero y el libro nunca llegó.Un par de semanas atrás,  en mi primera visita a Ciudad de México lo primero que hice al entrar a la librería Gandhi que está frente al Palacio de Bellas Artes fue buscar y comprar mi esquivo libro, hoy llegué a la página 51 de nuevo, así que no me pienso mover hasta terminar.

miércoles, 25 de mayo de 2011

El paraíso perdido

Tardó en notar que algo extraño sucedía en su matrimonio, eran otros tiempos y cualquier cosa que tuviera que aprender no sería función de su mamá enseñársela. Su marido se haría cargo. Claro, si supiera de qué debía hacerse cargo. A él tampoco le habían explicado nada acerca de los placeres de la vida, así que simplemente se casaron porque lo lógico era casarse. Y se dedicaron a dejar que la vida les pasara. Un día cualquiera alguien le preguntó  para cuándo dejaría el tema de los hijos, y ese alguien, al notar sus respuestas desacertadas notó que ella no sabía de qué estaba hablando. Necesitó varios días para recuperarse de su asombro al recibir tamaña explicación acerca de lo que se había estado perdiendo durante toda su vida. Se preguntaba cómo abordaría a su marido para compartir con él su conocimiento. Probó cambiando su vestuario, desnudó algunas partes de su cuerpo como por casualidad, abrió su boca en varias ocasiones cuando  un beso de buenas noches se lo permitió. Siempre encontró reacciones acompañadas de quejas por su atrevimiento y su exceso de babas. Pronto perdió la paciencia y empezó a detestarse a  sí misma,  por no ser capaz de seducir a su marido, y a detestarlo a él, por no entender sus mensajes. El día que decidió ponerle fin a esta situación y cortar el problema de raíz, al despertar encontró una nota sobre la almohada que decía: "Es mejor que me vaya, hace días que te tengo pánico y te creo capaz de cualquier cosa"

miércoles, 18 de mayo de 2011

Todavía no

Uno de los pocos días en que sí le gusta la vida, se topa con una ambulancia que recoge un cadáver justo en el edificio donde vive. Siente un vacío que le llega hasta los pies, teme lo peor. Claro que también pudo ser el viejo del 204 que hace tiempo estaba muy mal. Era desesperante oirlo toser todas las noches, aunque tal vez no haya sido él. Está paralizada y no sabe qué hacer. Algunas personas en la calle de enfrente se han reunido a comentar los hechos. Le parece que la miran con lástima. A lo mejor nadie se ha fijado en ella y a ella solo le parece;sin embargo, no entrará por ahora, da vuelta a la esquina y decide irse al cine en busca de esa película que hace rato espera ver.

lunes, 9 de mayo de 2011

Reinauguración de la herida

Ese desconocido que pasa de largo sin quitarme los ojos de encima, es el mismo  que me decía en otra vida que nunca se iría de mi lado.

jueves, 5 de mayo de 2011

Los juicios de los demás

Todo comenzó cuando la gente empezó a temerle a mis licencias literarias. Mi mejor amiga me dijo que podía confiar en ella y que si estaba pensando en acabar con algunos miembros de mi familia, ella tenía un buen psiquiatra que podría ayudarme, Al principio no pude contener la risa  ya que me consideraba absolutamente normal, y creía luchar contra mis fantasmas a través de la escritura. Me negué a recibir ayuda pues estaba segura de no necesitarla. De un momento a otro fueron más los que  empezaron  a preocuparse por mi salud mental. Llegué al punto de ser detenida por la policía "de manera preventiva" y  "para evitar una tragedia" según dijo el juez. Después de explicarle una y otra vez que solo era literatura, y que era mi propio exorcismo; sin mucho convencimiento me dejó en libertad y debí comprometerme a visitar su despacho una vez por semana durante dos años, y por supuesto, a mostrarle cada una de las páginas que escribiera en ese periodo. Obviamente no se las mostré. Transcribía fragmentos de obras cualquiera y se las llevaba, él las leía con gran interés, desconociendo por completo  que yo solo le enseñaba historias de quinta. En una ocasión no aguanté el deseo de probar hasta dónde llegaba su ignorancia y a la hora de presentarme le llevé la introducción de Cien años de Soledad: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano  Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo  llevó a conocer el hielo...." el juez se mostró fascinado con esa magnífica introducción y me hizo prometerle que la llevaría a feliz término. Paralelo a estos encuentros nunca dejé de escribir acerca de lo que realmente quería escribir : mi familia. Jamás sería capaz de decirles todo lo que se habían merecido por tantos años, jamás sería capaz de cobrarles todos sus desplantes, pero asesinarlos en el papel me producía y me produce un gozo no experimentado jamás.
Me he dedicado a publicar historias que hagan felices a los demás, y después de recibir las regalías tanto económicas como adulatorias, me voy a mi casa a seguir con lo mío.