miércoles, 24 de abril de 2013

Correctora


Me despierto en las madrugadas empapada en sudor preguntándome si habré escrito bien Ayatollah.  Me ofrezco voluntariamente a corregir los errores que veo en alguna valla publicitaria que anuncia almuerzos a cinco mil. Temo a las palabras homófonas y  ocupo mi tiempo libre leyendo el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Sin duda, mi trabajo ha empezado a afectarme.

viernes, 8 de febrero de 2013

Epístola


Durante años le escribí todos los días, estaba a punto de rendirme cuando llegó su respuesta. Una carta suya fingiendo indiferencia y después de tanto tiempo me devolvía la vida, saber que pensaba en mí aunque solo fuera para maldecirme fue suficiente.

jueves, 31 de enero de 2013

Fe de erratas

Si lo decía internet habría de ser cierto. El periódico anunció con bombos y platillos el concierto de  Domenico Scarlatti en el Festival de Música Barroca. El periodista que hizo la nota sacó la información de la página web que anunciaba las obras que serían interpretadas. No hubo manera de convencerlo de que el músico estaba muerto desde hacía más de dos siglos y  el periódico terminó enfrentando todo tipo de burlas. Sin embargo, el día del concierto, los asistentes, de manera inexplicable, presenciaron la mejor de las interpretaciones del músico recientemente resucitado.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

domingo, 28 de octubre de 2012

Muerte instantánea

Intentando calmar al hombre que disparaba con su dedo índice a los transeúntes, se acercó y antes de lograr algo, una de sus balas lo hirió de muerte.

viernes, 10 de agosto de 2012

Filial



Un mensaje en el teléfono a las 6 am solo puede significar una mala noticia, al menos en mi caso en el que nadie o casi nadie me llama. En efecto, el hecho de que mi hermana esté de vuelta en mi vida es una mala noticia. Me reenvía un mensaje que yo le envié hace varios meses cuando intentaba defenderme de alguno de sus ataques. A veces paso largas temporadas sin tener noticias suyas, lo cual no es grato, solo es la certeza de que su próximo golpe dolerá más que el anterior, cada cierto tiempo recuerda que me detesta y durante varios días me ataca con amenazas de muerte en mensajes de voz y de texto, de nada sirve cambiar el número, el domicilio o el trabajo, siempre me encuentra. Me averguenza  hablar de ella, por eso prefiero decir que no tengo hermanos o simplemente evito el tema familiar. Quienes me conocen de hace tiempo saben que miento, pero fingen no saberlo.

Cuando me miro al espejo y reconozco algunos de sus rasgos me asusto, he sido tan delincuente como ella ante los ojos de los demás. Tener un hermano debería ser grato, haber compartido útero no es cualquier cosa, sin embargo, ser su hermana solo me ha traído problemas, la gente dejó de confiar en mí hace años, he recibido más insultos de los que merezco, no han sido pocas las veces que me he topado con alguna de sus víctimas que se deshace en gritos contra mí, y yo por mi parte me deshago en explicaciones que intentan liberarme del karma de ser su hermana.

Las amenazas empezaron desde que la familia descubrió su secreto y ella creyó que era yo quien la había delatado. La primera vez que un hombre me llamó y me dijo que moriría aplastada como un sapo no dormí en toda la noche debido al pánico. Cuando las modalidades de intimidación cambiaron y ya las hacía ella de frente, mi madre me recomendó ignorarla, pero por más que trato no puedo evitar desmoronarme cada vez que aparece.

Me preparo para unos días duros mientras mi adorable hermana encuentra un nuevo tema que la distraiga de su odio hacia mí, ya no me defiendo ni me asusto, solo me amargo. 


Nota: Esto fue lo último que escribió mi hermana en su diario antes de desaparecer, nunca dejó de imaginar que yo la perseguía.

lunes, 14 de mayo de 2012

Frío

Al practicárseme una autopsia  varias cosas inesperadas ocurrieron. Mi corazón tenía un tamaño demasiado pequeño para los estándares de una mujer de cuarenta años, las costuras que unían sus partes habían sido  hechas por manos que, a leguas se veía, desconocían el arte de remendar corazones rotos. Por mi cerebro rondaba una única y recurrente idea  que no se dejaría convencer de lo contrario, incluso con las puertas del cráneo abiertas de par en par, a mis pulmones todavía los asfixiaba el humo de los cigarrillos adjudicados a tantas esperas, mis riñones a duras penas  se recuperaron de la infección producida en la ciudad que destruyó el volcán, mis ojos mantuvieron la expresión de horror propia del momento en que vieron la sierra que cercenaba mis costillas, el frío de la sala me impidió detenerme en mis otros órganos. En el instante en que empecé a tiritar sin control, tuve que pedirle al profesor de anatomía que terminara pronto con mi cadáver para poder correr a mi casa por una taza de chocolate caliente.