viernes, 13 de enero de 2012
De alta
María está amarrada otra vez de pies y manos. Ayer golpeó al hombre que viene a visitarla. Grita al tiempo con la señora de la habitación del fondo. Lo peor de este lugar fue haber compartido mi espacio con ella. Los médicos dicen que ya me puedo ir a casa, no tardan en venir a buscarme. Yo finjo que todo está perfecto con tal de no tener que seguir aguantándome esta loca.
viernes, 6 de enero de 2012
Bienvenida al club
Me advirtieron que para darme el empleo debía deshacerme de mi virginidad cuanto antes. Fue un viernes de agosto, no lo olvido. Solo podía pensar en las cosas que había visto en la vitrina del centro comercial.
jueves, 5 de enero de 2012
Rencor II
Le dije que lo sabía todo, y lo único que se le ocurrió preguntarme fue si yo le había contado a la otra que andábamos juntos. Me hubiera gustado hacerlo pero no soy rencorosa.
viernes, 30 de diciembre de 2011
Rencor I
A ella le pareció que podía confiar en mí y decidió contarme que salía con él desde hacía tres años.Todo tuvo sentido en ese momento. Las mentiras, los olvidos y los cansancios eran lógicos. El pobre no tenía estado físico para respondernos a las tres.
sábado, 29 de octubre de 2011
Libertad
Cuando le dijo a su padre que pensaba huir hacia Bogotá, él, tímidamente, la alentó a que lo hiciera. Ambos llevaban demasiado tiempo soportando los insultos de la madre y los dos hijos varones. El padre nunca sería capaz de hacer lo que haría su hija, por eso, hizo lo que pudo para darle ánimo en su aventura. Ella fingió salir para la escuela y él para el trabajo. Antes de subirse al bus, él la bendijo y la besó en la frente. Se sintió tan orgulloso de ella que dejó escapar un par de lágrimas. Fueron más de diez horas de carretera, ella se mantuvo despierta. Al llegar al terminal los agentes de policía la detuvieron confundiéndola con una ladrona y la encerraron en prisión. Él a veces la llama por teléfono y le pide que le cuente cómo es eso de la libertad.
jueves, 20 de octubre de 2011
Intromisión
Acostumbraba a olvidar que había mentido y siempre metía la pata. Una vez me dijo por celular que se encontraba en otro lugar, mientras yo lo observaba por la ventana de su casa. Sentía un enorme placer espiando cada uno de sus movimientos, los de él, que siempre estaba protegiendo su vida privada, solo para hacerse el misterioso pues en realidad no tenía nada que ocultar. A veces lo veía durante horas mirando a un mismo punto y al día siguiente me decía que había estado en una reunión de negocios. Minutos después cuando le preguntaba detalles de la reunión, no sabía de qué le hablaba. Aseguraba ser una persona muy ocupada, pero era en realidad una persona muy sola. No volví a saber de él desde la madrugada en que a hurtadillas se subió a un taxi con un par de maletas.
jueves, 18 de agosto de 2011
La llorona
La primera vez que lloró sin parar consiguió que le complacieran el capricho solicitado. Ella notó que ni siquiera su padre, amándola como la amaba, tendría la paciencia suficiente para no sucumbir ante un par de horas de llanto. Solo pasaron unos días cuando debió acudir de nuevo a su recién descubierta estrategia. La profesora envió una citación a casa por ciertas situaciones acaecidas en el salón de clase que consideró debía discutir con el acudiente. Unos segundos antes de entregar el papel rompió en un llanto tan sonoro y dramático que su padre para calmarla le prometió que no regresaría más a ese colegio.
Llevaba varios años escudando su vida tras el llanto cuando decidió probar suerte con el hurto. Había varias cosas que deseaba tener, pero que no conseguiría con la miseria que le daba su padre todas las semanas. Fue en ese entonces cuando llegó a nuestra institución. Había sido capturada con un teléfono celular y veinte mil pesos que le había arrancado a una mujer mayor en un bus. Con nosotros solo estaría durante un par de días, mientras era trasladada al lugar donde llevaría un proceso por responsabilidad penal. Pronto fue conocida como la Llorona, se había hecho habitual que llorara por el agua fría, por el almuerzo que no le gustaba o por las razones que esgrimía cuando el psiquiatra la interrogaba acerca de su comportamiento delictivo. Nadie quería compartir su tiempo, su espacio o su almuerzo con ella, por temor a herir su susceptibilidad. Por supuesto, también lloraba por eso. El día que se decidió su traslado, inició su espectáculo argumentando no querer dejar el lugar. No valieron palabras de aliento ni toda clase de intervenciones. En un segundo, sus brazos y piernas contrahechos por la histeria y su llanto infinito cumplieron con su cometido y el traslado se detuvo. Desde entonces, intentamos sin éxito que se vaya. Ha sido testigo del traslado de muchas de sus compañeras, incluso les ha dado apoyo a las que intentan su mismo truco para evitar irse. No debería decirlo, pero ya me acostumbré a su llanto y tal vez lo extrañe.
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